Viaje sin destino

Dos genios en el apogeo de su arte: Oliver Hardy y Stan Laurel, convertidos aquí en miembros de una disparatada logia cuyo voto les lleva a intentar burlar la vigilancia de sus esposas

SONS OF THE DESERT (Hijos del desierto, William A. Seiter, 1933)

EL CINE CÓMICO NORTEAMERICANO nos ha dejado obras inolvidables, protagonizadas por un elenco de actores en cuya cúspide hay que situar forzosamente a la pareja formada por Stan Laurel y Oliver Hardy. A título individual podrá discutirse quién merece ocupar el trono de la risa (mi corona particular ciñe la cabeza de Harry “Snub” Pollard), pero lo que es indiscutible es que jamás se produjo en la pantalla una alianza cómica como la del Gordo y el Flaco, compañeros de escapada en Sons of the Desert, considerada por muchos su obra maestra.

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Dama por un día

Dave the Dude (Glenn Ford) escucha al jefe de policía (Barton MacLane), ante la «atenta» mirada de Joy Boy (Peter Falk), cuya actuación es lo único que Capra salvaba de su último film

POCKETFUL OF MIRACLES (Un gángster para un milagro, Frank Capra, 1961)

A FRANK CAPRA LE TOCÓ VIVIR DOS GRANDES CRISIS. Una fue la económica de 1929, en los Estados Unidos, «crack» que influyó decisivamente en la conformación de su universo fílmico durante los primeros años del sonoro. La otra se produjo tres décadas después, cuando lenta pero inexorablemente el sistema de producción se vino abajo y los estudios dieron discreta sepultura a la edad de oro del cine norteamericano.

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La fiesta infinita

Invitado por error: Hundi V. Bakshi (Peter Sellers), durante la accidentada cena

THE PARTY (El guateque, Blake Edwards, 1968)

A LO LARGO DE LA HISTORIA DEL CINE, todos los grandes talentos cómicos han aspirado a un mismo sueño: rodar una comedia sin argumento. Hubo quien lo intentó en varias ocasiones (Jerry Lewis fue el más radical y persistente, llevando el absurdo hasta una frontera abstracta), mientras que otros, como Blake Edwards, se contentaron con un único pero decisivo intento.

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El verano del solitario

Monsieur Hulot (Jacques Tati) divisa el panorama desde un ático del Hôtel de la Plage

LES VACANCES DE MONSIEUR HULOT

(Las vacaciones del Sr. Hulot, Jacques Tati, 1952)

VER CINE SIN CARGOS DE CONCIENCIA fue siempre fundamental para Jacques Tati, quien pese a su estilo constructivo y minucioso dejaba que el espectador se moviera en libertad por sus películas, ajeno a la labor desplegada. Si hablamos, en concreto, de Las vacaciones del Sr. Hulot, el director francés quería que el público acudiese a su película como un turista, ligero de equipaje, sin más preocupación que la de relajarse y disfrutar.

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La luna en el champán

Kay Francis (Mariette), Herbert Marshall (Gaston) y Miriam Hopkins (Lily), el trío protagonista de una de las comedias más perfectas del director berlinés

TROUBLE IN PARADISE (Un ladrón en la alcoba, Ernst Lubitsch, 1932)

«COMENZAR SIEMPRE ES DIFÍCIL», asegura el ladrón de guante blanco Gaston Monescu al camarero que se dispone a servirle una exquisita cena en su palazzo veneciano. Las palabras del falso barón se refieren al primer plato pero también al amor, pues se trata de una velada galante en la que, además de la etiqueta, se exige «la luna en el champán», indispensable para la conquista.

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El verano de nuestro descontento

El ingeniero y el playboy: Enrico Maria Salerno (mirando al tendido) y Jean Sorel, en una escena de L’ombrellone, una de las películas más logradas del director italiano Dino Risi.

L’OMBRELLONE (El parasol, Dino Risi, 1965)

PUEDE QUE SE DEBA A SU POCO ARISTOCRÁTICO APELLIDO o a la mala prensa que arrastra desde los años 70, lo cierto es que el director lombardo Dino Risi solo ha merecido por lo general reseñas displicentes y apresuradas, que lo señalan, sin más, como uno de los artífices de la comedia italiana (ah, la comedia italiana: cuántos equívocos se han propalado en tu nombre).

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