Las mil y una máscaras

René Navarre, inolvidable Fantômas, uno de los muchos alias utilizados por el genio del crimen cuyas andanzas novelaron Marcel Allain y Pierre Souvestre entre 1911 y 1913.

FANTÔMAS (Louis Feuillade, 1913-1914)

ANTES DE QUE EL EXPRESIONISMO ALEMÁN nos familiarizara con los más aviesos criminales, el director francés Louis Feuillade sentó cátedra en la segunda década del siglo XX con dos seriales irrepetibles, Fantômas y Los vampiros, a los que siguieron otros no menos sensacionales como Judex, Tih Minh, Vendémiaire o Barrabas. El conjunto de estas obras cubre el intervalo cronológico de la Primera Guerra Mundial y en ellas Feuillade mostró su don para el misterio, género que ocupa el pináculo de su producción, formada por casi 800 títulos rodados entre 1906 y 1924.

Este esfuerzo de inventiva casi sobrehumano, comparable al que Joseph Haydn realizó en la música, tiene en Fantômas una de sus cimas; no solo porque Feuillade contribuyó a la divulgación de un mito perdurable, sino por la maravilla que supone ver en acción a gentes que juegan a representar la comedia del crimen, mitad inocua, mitad perversa. La guerra hizo también su parte, generando en toda Europa la creencia psicótica de que siniestros personajes surgían del inframundo (si no venían de otros países) para conspirar y destruir el orden establecido. Así lo reflejan diversos folletines y relatos policiacos de la época.

Uno de ellos es Fantômas, gestado por Pierre Souvestre y Marcel Allain en colaboración con Gino Starace, ilustrador de las treinta y dos novelas por entregas que componen el original (como es sabido, Allain prosiguió la serie a la muerte de su compañero y vivió lo bastante para ver –o poder ver– las ulteriores versiones realizadas a uno y otro lado del Atlántico, las de Edward Sedgwick, Pál Fejös, Jean Sacha, Robert Vernay o André Hunebelle).

Aunque se presentan a modo de serial, las cinco jornadas que componen el Fantômas cinematográfico son intercambiables. Feuillade juega, permuta, cambia; propone variaciones sobre un tema, la persecución del Gran Criminal por dos archienemigos, el flemático inspector Juve (Edmund Breon) y el periodista Jérôme Fandor (Georges Melchior). Toda la obra gira en torno a este duelo infinito, que se concreta en periódicas explosiones de violencia, como el tiroteo en el muelle de Bercy, que Feuillade resuelve imaginativamente, haciendo que los pistoleros surjan en grupo tras las barricas alineadas en la orilla.

A lo largo del serial, Fantômas (un excelente René Navarre) adopta por lo menos siete identidades distintas. Como es lógico, prefiere suplantar a aquellos sobre los que se sustenta el orden social: médicos, sacerdotes, jueces, policías, banqueros. La impostura es un arte y Fantômas, su maestro. A su lado, un actor profesional es un mero imitador; de hecho, en la primera entrega (Fantômas a la sombra de la guillotina), el protagonista se aprovecha de la vanidad de actor de teatro para escapar a la pena capital; un escarmiento tan refinado como cruel, el primero de los que el malvado infligirá a los agentes encargados de defender la sociedad aparente, el mundo externo.

En el cuarto capítulo, Fantômas contra Fantômas, el criminal, dueño de su arte, decide jugar con la policía para desprestigiarla y mofarse de ella en sus narices. Aquí se hará pasar por un célebre (e inexistente) policía americano llegado para resolver su caso, un desafío en toda regla para la Sûreté, cuya reputación está en entredicho. Para entonces, Juve ya ha decidido seguir el ejemplo de su adversario. Dado por muerto al final del primer capítulo, en el segundo se infiltrará en la banda de “apaches” de Fantômas haciéndose pasar por un vagabundo.

Pero Juve representa a la ley y la ley debe salir a la luz tarde o temprano. Uno de los momentos más delirantes del ciclo se produce en el último capítulo, El falso magistrado. Allí, Juve, para salvar el buen nombre de la prefectura, facilita en persona la fuga de Fantômas, encerrado en la prisión belga de la Louvain, con la peregrina idea de regresar a su país mediante un tratado de extradición que le permitirá seguir persiguiendo al hampón… en suelo francés.

Realismo y fantasía miden, pues, sus fuerzas en el seno de Fantômas. La cámara explora el horror a través de movimientos englobadores, como el que relaciona los cuerpos exánimes descubiertos en el estudio del pintor Dollon (André Luguet); también mediante detalles macabros, como la pitón que repta hasta el lecho del inspector, el guante de piel humana que se desprende de la mano de Fantômas o la pared sangrante en la que un desdichado ha sido emparedado para mayor gloria del ubicuo y transformista criminal.

Este cierra su ciclo con una solución tan brillante que se contagia a la puesta en escena. Me refiero al momento en que Fantômas ordena a Ribonard (Jean-François Martial) que suba por una escalera hasta el campanario de la iglesia de Bouloire; la ascensión del sicario es seguida, peldaño a peldaño, por la cámara, que en plano general recoge a continuación la añagaza del jefe, que tira la escalera y se hace con los diamantes escondidos en la campana.

Fantômas se burla de todo y de todos; se burla de la  ley y del crimen; su egolatría es del tal calibre que no responde a las exigencias de un yo convencional, sino a la de una invención más poderosa que la realidad en que se inscribe. Feuillade sabía a lo que jugaba. ♠

 

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