En el curso del Sena

Dita Parlo (25 años) encarna a la inasible Juliette en la fantasía cinematográfica de Jean Vigo

L’ATALANTE (Jean Vigo, 1934)

CUANDO RODÓ L’Atalante, Jean Vigo, el malogrado, no era consciente del lugar que ocuparía en la historia del cine. Tenía sólo veintinueve años y le quedaban pocos meses de vida, de modo que rodó su primer largometraje como si fuera el último. Pese a ello, nada hay en la película de enfermizo, grave o testamentario. Es inútil buscar en ella un atisbo de autocompasión, un rasgo que indique rabia o tristeza por el hecho de tener que dejar prematuramente el mundo. Muy al contrario, las imágenes de L’Atalante rebosan amor por la vida, un sentimiento que corre parejo al gozo y libertad exultantes con las que el director se expresa.

Como las obras más audaces de los primeros años del sonoro, rodadas en distintos países por Dreyer, Epstein, Barnet o Fejös, la de Vigo se caracteriza por una deliberada pobreza argumental. Decir que L’Atalante es la historia de los tres tripulantes de una barcaza es casi una petulancia, ya que las biografías de los personajes –Juliette (Dita Parlo), su joven esposo Jean (Jean Dasté) y el veterano pére Jules (Michel Simon)– importan más bien poco.

Son sus miradas, gestos y movimientos los que guían a Vigo, atento a todo aquello que carece de importancia, pero que, por insignificante, superfluo y ordinario, confiere espesor y sentido a la existencia: desde los objetos que amueblan el barco (a lo largo de su vida como marino, Jules ha hecho acopio de los «souvenirs» más exóticos e inservibles, quizá como reflejo de su lunática personalidad) hasta las frases –prosaicas, nada memorables, a veces inconexas– que intercambian los esposos.

Se ha escrito mucho sobre la «informalidad» del cine de Vigo y sobre la influencia que en él ejerció su padre, rebelde, agitador, bohemio y anarquista. Aparentemente deslavazada, L’Atalante responde a una sintaxis compleja y meditada, de ahí las instrucciones precisas que, desde su lecho, el cineasta dio tanto al montador Louis Chavance como al operador, Boris Kauffman, hermano de Dziga Vertov y director de fotografía de todas sus obras, a saber, À propos de Nice (1929), el corto Taris (1931) y Zéro de conduite (1933), que en conjunto, y sumadas a L’Atalante, apenas rebasan las tres horas de duración.

En enero de 1934, cuando concluye el rodaje de esta última, Vigo no puede prever los agravios, desdenes y mutilaciones que va a sufrir L’Atalante, que solo hasta hace unos años ha podido verse en una versión próxima al original, restauración paradójicamente auspiciada por la misma firma que quiso destruirla, Gaumont. No olvidemos que durante sus primeros años de exhibición, L’Atalante no fue L’Atalante, sino Le Chaland qui passe, un sucedáneo comercial de la invención primigenia. Luego vinieron otros remontajes, no menos espurios. Bernard Eisenschitz explica la azarosa trayectoria del filme en un excelente documental titulado Les voyages de L’Atalante, incluido en las ediciones de la integral de Vigo. Casi al final sentimos una lógica inquietud viendo unas imágenes de rodaje en las que el director se aproxima a su actriz, extrañamente sobreimpresionado, convertido en fantasma.

Todo en su mejor película es puro juego. Juego de los cuerpos en movimiento, imantados con felina sensualidad (los amantes de Vigo se quieren como gatos, se rondan de noche y de día hasta que topan por inercia o se entrelazan en tiernos abrazos que los hacen rodar por la cubierta). Juego surreal del agua, en la que Jean bucea para encontrar el rostro de la amada, perdida entretanto en la ciudad. Juego de las emociones, nacidas de una sensibilidad infantil, noble e ingenua, aún no maleada por la experiencia y el cinismo adultos, como reflejan los gestos de Dita Parlo, que sirvieron de inspiración a la cantante Madonna.

La actriz alemana hace un retrato imborrable de Juliette, heroína carrolliana desposada con la fantasía, eternamente sorprendida por una realidad multiforme y llena de encantos (la joven mira con curiosidad cualquier cosa que Jules le presenta y, cuando es solicitada por el vendedor ambulante en el salón de baile, mira confusa a Jean, no sabiendo qué hacer, avergonzada de su primer impulso, que ha sido, claro, seguir al buhonero).

Siendo una película moderna, singular e inclasificable, L’Atalante tenía ya algunos ilustres precedentes en el cine francés: La Belle Nivernaise (1923), de Jean Epstein, y, sobre todo, L’Hirondelle et la Mésange (1920), de André Antoine, película que prefigura algunos motivos de L’Atalante. Es significativo que ambas obras, la muda de Antoine y la sonora de Vigo, suscitaran la misma reacción en los exhibidores, que forzaron la pronta retirada de los dos títulos, marginados por extraños y poco comerciales, ajenos a los gustos del público.

Viendo esta última, cabe preguntarse a qué cimas habría llegado Vigo si hubiera conservado la vida, pero, sobre todo, adónde habría llegado el cine si la muerte no le hubiera arrebatado a Jean Vigo. ♠

4 comentarios en “En el curso del Sena

  1. La trama de «L’Atalante» tiene la misma sencillez que la de «Amanecer», aunque con el añadido del pére Jules, que añade un contrapunto a los conflictos de la pareja. Toda la obra de Jean Vigo (y esta en especial) aparece unida a la esencia misma del cine –que va más allá de la narración de historias perfectamente cerradas y engranadas, y enlaza con una tradición anterior a la de la novela burguesa o folletinesca: la experiencia del viaje. Da igual que su protagonista sea Ulises, Marco Polo, Simbad, don Quijote o Leopold Bloom, que el destino sea exótico o cotidiano: la estación de tren más próxima o el jardín de la casa del cineasta son el escenario de las primeras películas…

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  2. Entre las muchas pérdidas del cine hay una que no me canso de deplorar: la sencillez. Hoy solo se encuentra (y ya muy tamizada por la herencia cultural) en algunas cinematografías asiáticas. La experiencia del viaje, como apuntas, es consustancial al cine, siendo además el cine el país de promisión por el que viajamos a través de la mirada, como sugirió Daney.

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  3. Poco que añadir José Andrés. Vigo de una trama mínima logra transmitir un torrente de emociones. La fotografía de Kauffman es maravillosa, el tema central musical lleno de sencillez y romanticismo, Dita Parlo desborda erotismo y Michel Simon está camaleonico. La esencia del arte de Vigo es la fuerza de sus imagenes, llenas de belleza y esas tramas tan mínimas que en sus manos se vuelven tan interesantes para el espectador. Vigo parece que reinventa el cine por eso es tan grande con una obra tan corta.

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  4. Perdón por el pequeño retraso. Nos parece que Vigo reinventa el cine porque lo mira todo con limpieza, con ojos nuevos, como pedía Mizoguchi. Echo de menos esta forma de entender el cine, me temo que sea un arte perdido. Por otro lado, me he quedado con tu apunte sobre el tema musical. Te animo, Marcos, a que aquí o en otros foros hables de estos comentarios sonoros, aprovechando tus conocimientos y experiencia. Porque es algo en lo que casi nunca se repara.

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