Geek story

Stane (Tyrone Power, en la que tal vez sea la mejor interpretación de su carrera) y Molly (Coleen Gray), en una escena del film basado en la novela de William Lindsay Gresham

NIGHTMARE ALLEY (El callejón de las almas perdidas, Edmund Goulding, 1947)

Parece haber unanimidad. El director norteamericano de origen inglés Edmund Goulding tocó techo tras la Segunda Guerra Mundial con dos logros consecutivos: The Razor’s Edge (El filo de la navaja, 1946) y Nightmare Alley (El callejón de las almas perdidas, 1947), a los que modestamente añadiría una gran comedia descatalogada, Everybody Does It (¡Si ella lo supiera!, 1949), también rodada para la Fox.

Pero mientras El filo de la navaja y Si ella lo supiera representan las dos principales vertientes de su obra (el drama de calidad, con temas importantes y constelados repartos, y la comedia de personajes con carga crítica), Nightmare Alley es algo totalmente imprevisto, un drama negro y sórdido que por entonces no cabía esperar no ya de Goulding, sino de cualquier otro director que trabajase dentro de la categoría A.

Podría atribuirse su rareza a las preocupaciones del periodo posbélico, marcado en el cine norteamericano por exploraciones psicológicas e intuiciones platónicas del mundo sobrenatural, pero a esas inquietudes añade la película de Goulding un pesimismo lacerante, erigido sobre la idea de que la vida consiste en engañar y ser engañado, idea desarrollada previamente por William Lindsay Gresham en su novela homónima, publicada tras la guerra. (1)

Que el engaño es un arte mayor lo demuestra Stan Carlisle (Tyrone Power), un apuesto truhán que hace fortuna como vidente, tendiendo falsos puentes entre los vivos y los muertos. En cada etapa de su «carrera», Stan se apoya en mujeres sensibles a sus encantos. A ninguna se oculta, sin embargo, su ambición e inmoralidad. El charlatán comienza timando a palurdos y acaba convenciendo a los multimillonarios crédulos (y al espectador, secretamente fascinado pese a ser en todo momento consciente del fraude) de que pueden contactar con sus difuntos.

La «ascensión y caída» del Gran Stanton mejor contada en la película que en la novela viene dada por su relación con tres mujeres: la madura Zeena Krumbein (Joan Blondell), que le enseña los trucos de la profesión; la joven Molly (Coleen Gray), que se casa con él y que contribuye a su éxito en las salas de fiestas; y, por último, la atractiva psicóloga Lilith Ritter (Helen Walker), de la misma edad que Stan y capaz de jugar a su mismo juego.

Zeena representa la ciénaga, el mundo maloliente (pero auténtico) de la feria; Molly, la ilusión que propicia la fuga de esa realidad desagradable; Lilith, por último, es la imagen del gran mundo, seductor y equívoco, deseable pero falso, de hecho es descrita como el prototipo de la hermosa profesional que frecuenta a los ricos y explota sus debilidades. En otras palabras, Lilith es el equivalente femenino de Stan, menos un «miracle worker» que un maquinador convencido de que la realidad le vine justa, por lo que exige ser ahormada.

El guionista de Sternberg y Hawks, Jules Furthman, cincela los personajes, interpretados sin tacha por un grupo de actores a los que Goulding instruía previamente en los ensayos, llegando a representar personalmente cada uno los papeles. Centrado en sus intérpretes, Goulding también sabía generar sentido a través de la puesta en escena, realzada aquí por el claroscuro fotográfico de Lee Garmes: Zeena se presenta como una cariátide, escultural e inmóvil, integrada en el decorado artificial de la feria. A su vez, Stan se mueve inquieto entre el gentío, buscando su sitio y espiado por miradas femeninas, como el Liliom de Ferenc Molnár. Más tarde, el ritual de seducción de Stan y Lilith viene pautado por sucesivos desenmascaramientos (al terminar su número, el falso vidente se quita el antifaz ante la psicóloga que le ha tendido una trampa, luego le confía sus recuerdos, más tarde su dinero y, cuando quiere recuperarlo todo, la mujer ya se ha hecho dueña de la situación. «Eres buena, realmente buena», le espeta Stan con rabia).

Sombría e inclasificable, El callejón de las almas perdidas ha sido frecuentemente asociada a Freaks, de Tod Browning, con la que comparte los motivos de la feria y el castigo a través de la monstruosidad. Aunque yo percibo más similitudes con Miracles for Sale, la analogía es pertinente, y aún lo hubiera sido más si Stan hubiese acabado devorando aves vivas ante la mirada morbosa de la plebe. Ese era el cruel desenlace previsto en el tratamiento original.

Pero también en este aspecto Goulding revela su proverbial elegancia, en ningún momento reñida con la amargura (esta es la película de un director consciente de que su tiempo dentro de la «factoría de sueños» está a punto de expirar y que él mismo está acortando el plazo). Al comienzo de la historia, Stan, horrorizado por la visión del fenómeno de feria, no puede creer que alguien se rebaje a hacer el número a cambio de alcohol. Con buen criterio, el director hurta esa visión al espectador. Es el propio Stan, desfigurado, borracho, el que le pondrá rostro al final del ciclo, identificándose con la pesadilla viviente. ♠

(1) Pocos saben que este sombrío relato tuvo su origen en España. Durante la Guerra Civil, William Gresham se había desplazado al frente en calidad de médico del bando republicano. Allí conoció a un compatriota, un antiguo feriante apodado «Doc» Halliday, que le contó la extraña historia de la que habría de salir Nightmare Alley. Acechado por la enfermedad y el suicidio, el escritor parecía convencido de la realidad supraliteraria de sus personajes. Cuando en 1962 fue a un hotel para quitarse la vida, se registró bajo el nombre de una de sus criaturas, y entre las notas póstumamente halladas había una muy explícita referida a Nightmare Alley: «Stan es el autor».

4 comentarios en “Geek story

    • Lo suscribo, incluso podría añadir alguna otra de los 30, como «That Certain Woman», e incluso su olvidada versión de «Of Human Bondage», tan buena como la de Cromwell, mejor que la de Hughes. Pero hay que quedarse con algo. Y supongo que a todos sus admiradores nos gustaría conocer las anteriores a «Love». Desconozco si existen.

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    • No sé si alguna vez tendré ocasión de desencantarme, pero alguna esperanza tengo en » Sally, Irene and Mary». Respecto a «Queen Kelly», Goulding no quiso quemarse con un material conflictivo, de hecho un «stravaganza», y convenció a la actriz de pasar página (ya en el sonoro) con «The Trespasser», jugada que les salió bien a ambos.

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