Genio se escribe con B

Ante el atril, Ed Harris, enésima encarnación cinematográfica del gigante de Bonn, de cuyo nacimiento se cumplen 250 años. Ya puede hablarse de un aniversario maldito

COPYING BEETHOVEN (Agnieszka Holland, 2006)

ENTRE LOS GÉNEROS CAÍDOS EN DESGRACIA sobresale uno: las biografías cinematográficas de grandes compositores, denostada mercancía que une en la ira a los cinéfilos y a los melómanos. Un común rechazo basado por lo general en prejuicios: es cierto que en este campo se han perpetrado grandes disparates, pero en el otro lado de la balanza pueden colocarse algunos bellos melodramas y películas valiosas, como la mayoría de las dedicadas a la familia Bach.

La figura de Ludwig van Beethoven no ha corrido tanta suerte, o para ser justos, ha tenido una suerte desigual. Todavía hoy el mejor acercamiento sigue siendo el que en 1936 realizó Abel Gance con todos los peros que le queramos poner, seguido a cierta distancia por los diversos «biopics» realizados en Alemania y Austria después de la Segunda Guerra Mundial (incluido el de Disney), y, ya a bastantes cuerpos, por Inmortal Beloved (1994), unánimemente apedreada.

Ya en el siglo XXI, gozó de mayor predicamento Copying Beethoven, película de Agnieszka Holland premiada en varios festivales, lo que no quiere decir nada. Es posible que contribuyese al consenso la «perfomance» de Ed Harris, que en 2000 ya había colaborado con la directora polaca en The Third Miracle (El tercer milagro), tan potencialmente interesante como otras de su autora, y tan fallida como casi todas.

También prometía Copying Beethoven: frente a las habituales especulaciones sobre amas de llaves, compañeras, primas y amadas inmortales del genio de Bonn, los guionistas de Nixon, Christopher Wilkinson y Stephen Riveles, inventan un personaje femenino a partir de anécdotas relacionadas con dos contemporáneas de Ludwig, la compositora francesa Lorenc Ferenz, influida por su música, y una admiradora que, tras la interpretación de la Novena sinfonía, obligó al artista sordo a volverse para recibir los aplausos del público.

El resultado es Anna Holtz, una joven y bella compositora interpretada en el filme por Diane Kruger. El apellido trata de buscar una evidente conexión con el violinista Karl Holz, que formó parte del círculo de allegados al músico y que asistió a la creación de algunas de sus obras mayores. No menos claro es el intento con contraponer al viril y descuidado Beethoven una figura femenina que destaca por su gracilidad y aseo, y que frena a duras penas los arrebatos del compositor.

Si nos expresaramos en los fatigosos términos que la ideología dominante nos pretende imponer, Anna sería una mujer que lucha por revelar su talento en un mundo en el que el arte, como la guerra, la filosofía y los grandes ideales, están reservados a los hombres. Sin alzar la voz, la ficticia Anna recordará a Beethoven que hubo y hay compositoras en el mundo, algunas de ellas notables, lo que motiva un comentario suavemente desdeñoso por parte del músico, sabedor de que su copista está en lo cierto.

Afortunadamente, Holland no juega la baza feminista-reivindicativa, pero en su lugar coloca otra trampa: convierte a Anna en un vehículo para que el espectador entre en las habitaciones de un «gran personaje», conozca sus secretos e intimidades, y asista al milagro de su magna creación, la Sinfonía con coros. Desde esta perspectiva Copying Beethoven responde a los mismos parámetros que una de esas noveluchas históricas que tanto predicamento tienen entre el público, y que han ayudado a forjar esa patraña conocida como «la cultura de la cultura»: es decir, hacer creer que porque se lee a Christian Jacq se ha estudiado el antiguo Egipto o que por escuchar los primeros compases de la Quinta en un disco recopilatorio se conoce la música de Beethoven.

Mal que le pese a la directora, el personaje de su película responde a una idea generalizada de Beethoven antes que al hombre que vivió y creó en su tiempo, dando forma musical a las preocupaciones morales, sociales, políticas y filosóficas del primer romanticismo, completamente soslayadas en la película.

Todo ese trasfondo, necesario para entender a Beethoven, se esfuma a cambio de un retrato del genio hecho a base de capas superpuestas: no solo las del maquillaje y la alborotada cabellera que cubren a Ed Harris (espléndido), sino las de la pésima literatura que el artista acumula desde los tiempos de Schindler, es decir, esa tópica combinación de furia, exaltación y arrebatos misticoides, entreverada aquí con rasgos propios de una estrella de la contracultura (Anna es obsequiada con burlonas pedorretas al piano y un numerito de «mooning» que Holland para que no se diga que es académica subraya con un «zoom» dirigido al culo del actor, recurso digno de Tinto Brass).

Hay un momento que define bien el «espíritu» de la película: cuando Beethoven sube al escenario para dirigir la Novena se demora unos instantes y musita (no tanto para así como para la galería), que esa noche cambiará el destino del mundo. No irrita tanto la inmodestia del comentario, ciertamente legítimo, sino que con que carácter retroactivo se atribuya al compositor la conciencia del logro histórico que está a punto de materializar. ♠

9 comentarios en “Genio se escribe con B

  1. ¿Conoces «Ludwig van» de Mauricio Kagel? En caso afirmativo, ¿crees que merece la pena?
    Aunque no es desde luego una biografía, y saca la obra de Beethoven de su contexto, he visto hace poco una película experimental de Klaus Wyborny hecha a partir de la sonata para piano nº 32. Se llama «Unerreichbar Heimatlos» y puede verse aquí: https://vimeo.com/356598762

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    • Creía haber batido a fondo el terreno, pero ya veo que me faltan cosas (aunque, como dices, no se trata de biopics). La que ansío ver es una alemana temprana que iban a restaurar este año, no recuerdo el título ni su director. Como compositor, Kagel nunca me interesó; en los próximos días te daré mi opinión sobre su documental. Del prolífico Wyborny están colgando mucho material últimamente; en su día quedé noqueado por varios trabajos suyos de los 70 (no siempre en el buen sentido); habrá que retomarlo en algún momento; es un tipo intrigante.

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      • La película de Wyborny no es recomendable para personas propensas al mareo. Pero me parece que la música de Beethoven puede ser un buen punto de entrada, ya que la estructura de las imágenes sigue a la de la música de una forma que no me parece trivial, y ambas se iluminan entre sí.

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        • Respondiendo a la pregunta formulada hace unos días, sí, creo que merece la pena “Ludwig van”, una visión demoledora del “estado de las cosas” de Beethoven hace medio siglo, cuando se conmemoró el 200 aniversario de su nacimiento. Haciendo uso de la cámara subjetiva, Kagel revisita la “Beethovenhause” con un humor muy escondido y cáustico, aunque creo que hacia el final (el pasaje del zoológico) se le va la pinza. Respecto a “Unerreichbar Heimatlos”, es más de lo mismo: paisajes industriales en relampagueante procesión, montaje epiléptico… Lo hemos visto ya en muchos filmes experimentales o “vanguardistas”; está visto que no solo el cine narrativo obedece a clichés. Y francamente, no sé qué pinta Beethoven, o yo no alcanzo a relacionarlo.

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  2. Gracias por la respuesta, José Andrés. Después de preguntar he comprobado que «Ludwig van» puede verse en ubu.com, pero aún no he podido hacerlo.
    Respecto a «Unerreichbar Heimatlos», pienso que la música de Beethoven aparece como polo de contraste, encarnación de una idea perdida de Alemania, convertida en el presente para Wyborny, como para Sebald, en una «inhóspita patria». En el segundo movimiento, la sustitución del piano por una especie de organillo electrónico tiene un efecto contrario al de las orquestaciones tradicionales (que comentábamos por ejemplo en relación con la película de Gance): hacer la música menos sublime, trivializarla de algún modo para subrayar la sensación de pérdida.

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  3. Impremeditadamente, esto último que comentas ya había sido puesto en práctica por Hollywood a comienzos del sonoro. Véase el empleo fantasmagórico del «aria» de Bach en «Double Door», de Charles Vidor (Johann Sebastian sin acreditar, por supuesto).

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  4. Tienes razón, y no solo en Hollywood. Más que al efecto, me refería al propósito: hay quien crea distancia de forma deliberada, y quien lo hace sin querer, buscando otra cosa.

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  5. Por fin he podido ver «Ludwig van» y estoy de acuerdo en que recuerda cosas importantes, pero me parece una película bastante reiterativa y arbitraria, que se alarga demasiado en muchas secuencias; como conjunto, se sostiene gracias a los arreglos que hace Kagel de la música de Beethoven. Para mí la parte en que más se le va la pinza es la visita a la Beethoven-Haus, aunque luego se recupera con el pasaje de los músicos en el crucero del Rin. La secuencia del zoológico con el coro de prisioneros de «Fidelio» tiene su gracia; pero se le puede criticar, como a la mayor parte de la película, utilizando las palabras de uno de las personas que participan en una mesa redonda sobre el centenario de Beethoven, que su interior no contiene nada que no haya salido ya al exterior: «con ello se acaba, pues ya se ha comprendido».

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    • Todo lo que se adhiere al genio son limaduras: palabras, circunloquios, parodias. Para mí los arreglos beethovenianos de Kagel tienen tanto valor como los que a continuación va a hacer Wendy Carlos. Pero, a diferencia de sus composiciones, esta película todavía conserva algún interés: mostrar cómo pervivía un culto en una época contracultural. Por cierto que el canónico estudio de los Massin es de apenas unos años antes.

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