La luna en el champán

Kay Francis (Mariette), Herbert Marshall (Gaston) y Miriam Hopkins (Lily), el trío protagonista de una de las comedias más perfectas del director berlinés

TROUBLE IN PARADISE (Un ladrón en la alcoba, Ernst Lubitsch, 1932)

«COMENZAR SIEMPRE ES DIFÍCIL», asegura el ladrón de guante blanco Gaston Monescu al camarero que se dispone a servirle una exquisita cena en su palazzo veneciano. Las palabras del falso barón se refieren al primer plato pero también al amor, pues se trata de una velada galante en la que, además de la etiqueta, se exige «la luna en el champán», indispensable para la conquista.

Para entonces, ya ha empezado Trouble in Paradise (Un ladrón en la alcoba), obra maestra de Ernst Lubitsch que posee uno de los mejores arranques de comedia jamás filmados: un gondolero recoge la basura depositada al pie de los canales, mientras la cámara vuela hacia los balcones transportada por el sereno y las canciones llegadas de la calle. La noche promete y Lubitsch, para quien no había comienzo difícil, se encarga de no defraudar esa expectativa.

En Trouble in Paradise importa más lo que se calla que lo que se dice, lo que se oculta que lo que se muestra. Las palabras que intercambian los amantes siempre son engañosas, y las que se escuchan al comienzo de la película no son una excepción. El distinguido anfitrión y su invitada son, en realidad, una pareja de ladrones que revelan su verdadera condición mostrándose los objetos que se han robado mutuamente. Dicho protocolo revela la erótica afinidad entre Gaston (Herbert Marshall) y Lily Vautier (Miriam Hopkins), cuya relación se basa en ritos seductores de los que el robo forma parte. Por consiguiente, la pregunta que San Agustín se hace en sus Confesiones («¿qué ladrón hay que pueda tolerar que otro le robe a él?»), queda aquí contestada: dos que se quieran.

Lubitsch también hurta. La noche de amor de la pareja se da mediante una secuencia que, a través de los elementos del mobiliario (obra del diseñador favorito de la Paramount, el también alemán Hans Dreier), sugiere lo que está sucediendo en la intimidad sin que la cámara sea testigo directo de los acontecimientos. El sofá vacío, los visillos descorridos para dejar entrar la luna, el bruñido picaporte de una puerta forman el conjunto de motivos visuales destinados a velar el acto amoroso.

Los cuerpos se escamotean para que la imaginación vuele. Nada más erótico y menos evidente que los espacios abandonados por los amantes. Elocuencia del abandono que Lubitsch traslada a un segundo «affair», el que mantiene Gaston Monescu, convertido en monsieur Le Val, con la muy noble y rica madame Colet (Kay Francis). La glosa de su idilio tiene que ver con los relojes de la mansión, cuyas manecillas indican no sólo el paso de las horas, sino el placer que el tiempo se cobra en su precioso transcurrir.

Toda la película es una oda a ligereza, tan sedosa que habría merecido que Calvino la citase en su conferencia sobre la levedad. La mirada de Gaston sobrevuela los palcos del teatro hasta que sus prismáticos le permiten reparar en los variados atractivos de Madame Colette. ¿Sus joyas? ¿El corpiño que hay bajo ellas? ¿Ambas cosas a la vez? Mientras conjeturamos acerca de ello, las hojas de la partitura ejecutada en el foso vuelan y el tiempo pasa. Así se decanta la solución al erótico enigma: el bolso de la aristócrata ha desaparecido. Pero su desaparición, claro está, habrá de conducir a Gaston hasta los dominios de la aristócrata, pues la devolución del recamado objeto ha de reportar una satisfacción mayor. ¿El dinero de Mariette? ¿Su gratitud traducida en otro tipo de favor? De nuevo la historia se repite. A modo de rondó, la situación regresa una vez y otra produciendo una continua fluctuación entre la búsqueda de un beneficio material (objetos valiosos, alhajas, dinero) y una ganancia intangible (el goce sexual, deliciosamente efímero, voluble como los sentimientos a los que, a veces, va aparejado).

El director berlinés poseía un oído refinado, tanto para lo elevado como para lo mundano, por eso era capaz de armonizar como nadie la alta comedia y el vodevil, la noble peripecia sentimental con el enredo más pueril. Aquí se sirvió no de la comedia teatral The Honest Finder, de Lazslo Aladar, que ignoró olímpicamente, sino del pretexto de esta, las memorias publicadas a comienzos de siglo por el ladrón y estafador húngaro Georges Manolescu, al que Viktor Tourjansky ya le había dedicado una excelente película en Alemania. Para despistar, el nombre del personaje masculino fue cambiado por el de Gaston Monescu, otra artimaña.

Llena de engaños y fingimientos, de mentiras veniales y de dobles sentidos, Trouble in Paradise es la expresión de una inteligencia que opera desde la sugerencia y el vacío para dar sentido a una realidad continuamente subvertida mediante la puesta en escena. Ahora que lección de Lubitsch está olvidada, confortémonos con su legado. Hoy reina la obviedad, tanto en el cine como en la vida. ♠

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