El regreso

El mundo de Hervey (Pascal Greggory) se desmorona cuando su esposa (Isabelle Huppert) le anuncia su decisión de abandonarle. Basada en el relato de Joseph Conrad The Return (1898)

GABRIELLE (Patrice Chéreau, 2005)

EN SU PRÓLOGO A «EL ESPEJO DEL MAR», Juan Benet señalaba que las novelas cortas de Joseph Conrad formaban el Himalaya de su producción. No sabemos si en ese grupo incluía The Return (1898), donde el gran escritor, lejos de sus aventuras ultramarinas, se adentraba en el claustrofóbico mundo de la aristocracia inglesa, representado por un matrimonio enfrentado a la resolución de su contrato, es decir, a la separación.

En cualquier caso, The Return responde a la descripción benetiana de la «nouvelle» de Conrad, es decir, un texto de entre treinta y cien páginas, con una situación única y unos pocos personajes, a veces uno solo. En el relato que nos ocupa, el personaje es Alvan Hervey, un hombre respetable, pulcro y ordenado, exudado por la muchedumbre de una ciudad igualmente respetable, pulcra y ordenada. Ese orden se viene abajo cuando al llegar a su casa, su mirada repara en un sobre colocado sobre el tocador de la esposa; en su interior, una carta donde la mujer le anuncia su propósito de dejarle.

Nos hallamos, pues, ante una situación poco conradiana, no ya por el marco escogido o por la naturaleza de unos hechos consumados de entrada, sino por la introducción de un elemento extraño al universo del autor y a la propia sociedad: la franqueza. La obra literaria de Conrad está plagada de referencias a la mentira, asociada siempre a la muerte. En El regreso, nos enfrentamos con algo peor: la verdad, pero una verdad cuyos verdaderos motivos permanecen velados, como sucede en toda separación.

Valga este exordio para explicar por qué la adaptación cinematografica de The Return, llevada a cabo por Patrice Chéreau con el título de Gabrielle, se me antoja una misión, si no suicida, harto difícil. Porque intentar exteriorizar aquel conflicto conyugal, hecho de medias verdades y palabras confusas, conlleva el riesgo de explicitar lo que Conrad dejaba implícito, de evidenciar lo que por demasiado evidente no estaba tan claro, ni para los personajes ni para el lector.

La primera y socorrida conclusión es que la esposa (encarnada por Isabelle Huppert) ha caído en los brazos de otro hombre, el redactor en jefe de un periódico (Thierry Hancisse) que es la antítesis de su marido. En la primera ocasión, Chéreau señala la grosería del periodista, cualidad a la que no es del todo insensible la mujer, observada por la cámara desde el punto de vista de Alvan (llamado aquí Jean e interpretado por Pascal Greggory). Conforme el marido monta su tortuoso puzzle (ya que la tercera persona literaria se convierte aquí en primera fílmica), Chéreau compone su lujoso cuadro social, hecho de trazos coreográficos en los que deja su sello como director de escena: diseccionando, descomponiendo, analizando.

Que la historia sea trasladada a los salones aristocráticos parece lógico, ya que de otro modo Chéreau habría tenido que recluirse con los dos personajes en la mansión (como hace Conrad, quien sugiere un laberíntico juego de espejos, los del guardarropía que multiplican la imagen del hombre, pero también los que le opone su mujer, criatura refleja y nada transparente). La película sale al exterior, y por desgracia lo hace en todo el sentido de la palabra, buscando la pátina de época y aumentando la anécdota mediante lances y episodios que, intentando dar cuerpo al drama, lo tornan obvio. Un ejemplo: la escena que el marido monta a la esposa tras el recital de canto, ante el estupor de los invitados.

No es el único subrayado de una película repleta de ellos, desde el vaso que Jean arroja a la cara de su esposa hasta los públicos ataques de celos del marido, incompatibles con la reserva del personaje, cuyo sentido del decoro le impediría desahogarse en otro sitio que no fuera el hogar. Chéreau desprecia al hombre y lo empuja a gratuitas violencias, como los citados escándalos o el intento de violación de su esposa. Por lo visto, es así como Chéreau entiende la desesperación de Hervey, «un hombre destruido, desterrado a un reino de locura indomeñable e irrefrenable», en palabras del escritor. Por si fuera poco, en el triste episodio de alcoba el director francés intenta en vano emular al Visconti de El inocente (el trato carnal con la esposa perdida, a la vez mortificante y voluptuoso), sin pasar por Proust, de cuya sutil lección estamos lejos. En cambio, y para dar juego al personaje de Isabelle Huppert, inventa una relación entre señora y criada que permite a la primera participarle a la segunda, y por tanto al espectador, su relato de las miserias conyugales.

Gabrielle es una película ortodoxa que tiene miedo de serlo, de ahí que para espantar el fantasma del academicismo Chéreau recurra a exorcismos tan burdos como alternar el color y el blanco y negro, comentar los pasajes dramáticos con música de cámara (por supuesto severa) o fijar los momentos clave con rótulos presuntamente brechtianos que señalan el sentido de la representación. En definitiva, florituras.

2 comentarios en “El regreso

  1. Habría mucho que discutir sobre la afirmación de Benet, que entiendo que se refería a la concentración del estilo; pero a veces en las novelas más largas y dispersas encontramos los pasajes más inolvidables. “El regreso” es, desde luego, una cumbre, un “tour de force” estilístico en el que Conrad, que ansiaba ser reconocido como algo más que escritor de novelas marítimas, invade los territorios de Henry James: el esfuerzo del escritor es paralelo a la lucha moral del protagonista, y no tiene menor intensidad.
    No conozco la película de Chereau, pero creo que infunde pereza anticipada en cualquier lector del relato de Conrad (y más después de leer tu comentario). Aunque el director francés comparte con el novelista la capacidad de mostrar las reacciones psicológicas y morales mediante acciones físicas, adaptar “El regreso” al formato extendido del largometraje de época parece de antemano una misión imposible.
    En una famosa “nota del autor” sobre otra de sus novelas, Conrad escribió: “La tarea que me propongo alcanzar, sin más armas que la palabra escrita, es que ustedes oigan, que sientan y, ante todo, que vean. Eso, y sólo eso, nada más”. Si el escritor alcanzó óptimamente lo que se proponía, ¿para qué añadir otras imágenes a las suyas, que carezcan de su tensión y su poder de sugerencia en el camino a la redención?

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  2. Se trata de la eterna discusión: si el original es excelente, ¿por qué recrearlo? Solo hay una respuesta para eso: ofrecer una interpretación personal (y aún así encontraríamos ejemplos de lecturas personales más que discutibles, lo mismo que excelentes adaptaciones que surgieron de encargos). Sin ser la mía una crítica «positiva», espero no disuadir a nadie de ver la película, ya que se puede discutir con ella. En este caso había para mí había una buena opción: el kammerspiel. Otra: el melodrama, tal como se concebía en la época de Conrad (pienso en la versión más nocturna y onírica del teatro simbolista). Como estas cosas ya quedan lejos, habría sido pedir peras al olmo.

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